Lacan Quotidien/ nº744-Cero abyección-Gustavo Zapata

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¿Cómo y desde dónde se autoriza el analista para intervenir en el campo de la política de su tiempo? Para responder a la primera parte de la pregunta, y si nos atenemos a los principios de nuestra praxis, debemos partir del enunciado por Lacan por primera vez en 1967 de que el analista solo se autoriza a partir de sí mismo, y ello atañe no solo a las coordenadas del acto en el dispositivo, sino también en el ámbito más amplio de su acción como analista teniendo en el horizonte la subjetividad de su época. Ese sí mismo que invoca Lacan no se refiere a ninguna condición de ser del analista, no se refiere a un inefable que le confiera la facultad de no necesitar otra garantía más que él mismo. ¿A qué se refiere Lacan con ese sí mismo desde el que el analista se autoriza?

En la Nota Italiana Lacan se refiere específicamente a ese sí mismo, que no es otra cosa que la asunción de su condición de desecho de la buena fortuna en la que nada la humanidad. Reformulándolo un poco, se refiere a lo que queda en él como saber de la marca que como hablanteser lo determinó, un saber de horror que está en el corazón de su síntoma y hace a su propia abyección, ese Eso que ha sido y que marca su modo de goce singular, y que le permite saber ser un desecho. Y eso solo es posible si el analista se emplea a fondo en llevar su análisis hasta el final, pues Lacan es taxativo en ese punto: es lo que ha debido ver en su posición de analizante y adonde ha debido llevarlo su recorrido en tanto tal. Es necesario pues, haber alcanzado las coordenadas definitorias de ese núcleo de goce, ese objeto-abyecto que me constituye y me determina para poder hacer de él el núcleo incandescente del entusiasmo por ocupar la posición del analista para otro. Y esto vendría a responder a la segunda parte de la interrogante. Cernerlo me permite recuperar algo de un cierto grado de libertad de palabra, a sabiendas también de sus límites, pero sobre todo, me permite estar advertido de las trampas que implica dejarse conducir por los ideales sublimes de un paratodos que las más de las veces encubre el soloparamí del goce singular, es decir, ese objeto-abyecto del que todos estamos prendados.

Miller en su conferencia del 13 de mayo al referirse a Simone Weil y a su idea de que la política debe estar en manos de gente fiel a su “luz interior”, nos entrega este principio: “Para actuar en política, confiar en la autonomía del propio pensamiento es tan necesario como rebajar el nivel de las identificaciones y conseguir que cada cual se remita a su propia opinión”.

Entonces, si algo puedo hacer en la política, es con lo que mi análisis me ha permitido ganar: el grado suficiente de libertad como para, desde esa posición esclarecida, oponerme a que en nombre de la buena fortuna, o de la felicidad, los operadores de la política fuercen, a los sujetos o a sí mismos, a la posición de objeto-abyecto, prenda de goce de los “dioses oscuros” que demandan sacrificios. Lejos por cierto de la posición de gran visir que susurra cosas al oído del sultán desde el centro mismo de su abyección, y más cerca de la del santo, al que el peso de su propia abyección no le impide denunciar a viva voz los falsos dilemas que los políticos proponen entre herejía y abjuración, apuntando a la restauración de la libertad de la palabra y a la dignidad del sujeto.

Intervención en la “Conversación Política” que tuvo lugar en el I Encuentro de Elucidación de la NEL, en Buenos Aires el 13 de septiembre de 2017.

https://www.lacanquotidien.fr/blog/2017/10/lacan-quotidien-n-744/